martes 1 de diciembre de 2009

EL AUTÉNTICO CONTUBERNIO

Por Amando Hurtado (escritor)

Fuente El Plural (Andalucía)      

 

En uno de esos abundantes foros de la contumaz derecha nacional-católica "de toda la vida" - cuyo nombre no contribuiré yo a promocionar - leo que "la Iglesia ha pedido ayuda a la ONU para combatir el laicismo progresivo y el aumento de la intolerancia contra los cristianos, en el mundo en general y en Occidente en particular... La Santa Sede ha llevado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU su preocupación".          

 

El Diccionario de la RAE define el término "combatir" como "pelear, acometer, embestir, atacar, reprimir..." Y el verbo "pelear", a su vez, se traduce como "batallar, combatir o contender con armas...". Todo ello podría interpretarse simbólicamente, afirmando que con esas palabras sólo se desea subrayar la necesidad de ejercer una firme voluntad de oposición a algo. En este caso, oposición a la laicidad como principio político, que los jerarcas católicos gustan caracterizar como un "laicismo progresivo" que se da particularmente en Occidente. Pero uno no puede evitar recordar la relatividad polivalente de las interpretaciones simbólicas, ni olvidar los sangrientos ejemplos de lo que en la práctica han entendido siempre los buenos nacional-católicos por "combatir".

 

Por otra parte, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Rouco, inaugurando el 20 de noviembre el XI Congreso "Católicos y Vida Pública", proclamaba que "los políticos no pueden invadirlo todo" y se preguntaba, en un alarde de retórica cínica, "si puede haber soberanía que prescinda de la verdad ética y de la sociedad". Y, refiriéndose al aborto, reiteraba que el tratamiento del tema por las legislaciones europeas es muestra de su falta de respeto al derecho fundamental a la vida. Por todo ello, considera el señor Rouco que es "imperiosamente necesaria" la presencia de los católicos en la política.

 

Al parecer, no bastan los muchos partidos políticos cristiano-demócratas esparcidos por el orbe. No bastan, si esos partidos han de ajustarse a leyes constitucionales democráticas - plurales y respetuosas de las libertades de todos - no pudiendo manejar ni imponer directamente el concepto de "verdad ética" dogmatizado por la Iglesia Romana. Como la soberanía popular reside en Dios, según Rouco, y Dios está representado en España por la organización eclesiástica que él preside aquí, el derecho divino le autoriza a hacer lo que haga falta para imponerse a todos los niveles. Siguen siendo buenas todas las alianzas y medios que puedan coadyuvar a ese sagrado fin, en lo que ha sido siempre el más feroz contubernio real de la historia de España.

 

Pretender que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU ayude a combatir la laicidad en cualquiera de sus estados-miembros, tachándola de "claro signo de intolerancia" contra los cristianos o contra las religiones en general, es una incongruencia que pone de relieve el grado de alejamiento de la realidad en el que se debate la Iglesia regida por Benedicto XVI. Los tiempos del césaro-papismo quedaron atrás y a ese Consejo no le está permitido suplantar a ninguna añorada Inquisición. Por el contrario, su misión ideal es procurar que los derechos humanos fundamentales sean los mismos para todos, protegidos en todas partes por encima de diferencias de cualquier orden, como lo son las religiosas. Pretender que la ONU ayude a combatir la neutralidad del estado respecto a las religiones, presentando esa neutralidad como una forma de intolerancia política, es un intento de malabarismo dialéctico impropio del siglo XXI, salvo en El Vaticano, La Meca o Jerusalén. Y estoy seguro de que tambien con objetores honrados en esos pagos.

 

El derecho de las personas (no solo el de los fetos) a la vida debe ser defendido oponiéndose tajantemente a la pena de muerte, en clara pugna con lo que enseñan los "libros sagrados" tradicionales y las prácticas avaladas por El Vaticano, La Meca y Jerusalén. Hablar de caridad y de amor al prójimo, condenando a muerte a quien se desmande y bendiciendo luchas armadas contra esto o aquello, es realmente patético. El respeto a la vida personal habría de ser el primero de los referentes morales a considerar cuando se afirma que la vida social necesita afianzarse en determinados principios éticos orientadores. Algo con lo que estamos de acuerdo casi todos, incluídos quienes no profesamos religión alguna.

 

Cardenal Rouco y compañía: afirmar, a estas alturas, que los católicos deben intervenir en la vida política española es un síntoma más del cinismo que les caracteriza a Uds. No han dejado de intervenir en ella en ningún momento, desde hace siglos. Echen Uds. un vistazo al panorama actual y convénzase de que no se puede ir mucho más allá.

 

Otrosí: ni su sección del cristianismo, ni ninguna de las abundantes organizaciones religiosas, filosóficas o políticas existentes en el mundo han podido mantener el imperio de determinadas "verdades éticas" por tiempo indefinido. Los humanos somos animales morales, con un conjunto de respuestas personales posibles que funcionan como normas a seguir ante diversos estímulos. Ha de ser su inteligencia la que les haga seleccionar lo que es "bueno" y lo que es "mejor", en cada caso, según el conjunto de referencias de que dispongan. Eso lo han sabido Uds. siempre y por ello se resisten a perder terreno en el adiestramiento de las nuevas generaciones. Pero lo están haciendo muy mal...

miércoles 30 de septiembre de 2009

DÍA INTERNACIONAL DE LA BLASFEMIA

Hoy, 30 de septiembre, se celebra el Día Internacional de la Blasfemia, una jornada en la que los defensores de la libertad de expresión queremos reivindicar el derecho a las crítica de las religiones en un mundo donde los diferentes credos intentan imponer sus dictados y eludir toda crítica mediante presiones, legislaciones ad hoc y la fuerza. Blasfemia es, según el Diccionario de la RAE, la "palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos". Una definición un tanto limitada, ya que para cada religión es blasfemia la "palabra injurosa" contra su dios o dioses, pero no contra los del prójimo. Por eso, lo que para un creyente es una blasfemia -una Virgen enseñando un pecho- para otro no lo es y, para un ateo, no lo es la "palabra injuriosa" contra ningún dios. ¿Qué derecho tiene alguien a condenarme por blasfemo porque me ría de un ser para mí tan imaginario como Papa Pitufo y de quienes creen en él? Blasfemo será, en todo caso, quien crea en un dios y lo poga a caer de un burro, pero nunca un no-creyente.

 

El Día Internacional de la Blasfemia se celebra hoy en conmemoración de uno de los episodios más vergonzosos que hemos vivido recientemente en Occidente de sumisión al fanatismo religioso, que está en el origen, no lo olvidemos, de ataques terroristas como el 11-S y el 11-M. Me refiero a la publicación el 30 de septiembre de 2005 de unas caricaturas de Mahoma por parte del periódico danés Jyllands-Posten, que se tradujo en una salvaje campaña represora por parte del mundo islámico y el sometimiento de algunos políticos occidentales a los dictados de Alá. José Luis Rodríguez Zapatero firmó, por ejemplo, una carta con el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, censurando la publicación las caricaturas y diciendo que su aparición en un medio de comunicación "puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y, por tanto, debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político". Así respondió nuestro presidente del Gobierno a las amenazas de muerte contra Kurt Westergaard, autor del dibujo de Mahoma con un turbante-bomba, y a las manifestaciones violentas de los islamistas. Lamentablemente, no hay nada que nos lleve a pensar que el inquilino de La Moncloa haya cambiado de opinión, y la Europa de la Ilustración no se acabe al norte de los Pirineos.

 

Más recientemente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU aprobó el 26 de marzo, por iniciativa de Pakistán, la resolución 62/154 contra la difamación religiosa, que compara ésta con la incitación al odio y "subraya la necesidad de combatirla", en especial cuando el blanco es el Islam y los musulmanes. Javier Solana, jefe de Exteriores de la Unión Europea, apoyó expresamente en su día que los países islámicos presentaran una propuesta en este sentido ante la ONU. Algo chocante por lo estúpido del asunto, ya que, como ha subrayado recientemente el filósofo Massimo Pigliucci, "todos los creyentes religiosos incurren constantemente en blasfemia hacia todos los dioses en los que no creen. Podría pensarse que esta simple observación pone término a cualquier cháchara estúpida a cerca de legislar la blasfemia, pero estaríamos en un error espectacular. Una reciente lista de leyes sobre la blasfemia deja claro que no se encuentra sólo en los lugares obvios, Irán, Pakistán, Arabia Saudí y otras naciones igualmente poco ilustradas, sino también en la mayor parte de los países europeos, Canadá, y varios estados de EE UU".

30 SEP - FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LA BLASFEMIA


martes 8 de septiembre de 2009

¿ES LA RELIGIÓN ENEMIGA DE LA CIVILIZACIÓN?

Fuente INICIATIVA LAICISTA

Por GIANNI VATTIMO, filósofo y político italiano

 

En el mundo actual, las Iglesias se han convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Sobreviven porque sus jerarquías quieren conservar el poder y sus privilegios.

 

Todos recordamos seguramente la famosa frase de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Y también su cláusula: Dios seguirá proyectando su sombra en nuestro mundo durante mucho tiempo. ¿Qué pasaría si aplicáramos la frase de Nietzsche también, y sobre todo, a las religiones? En muchos sentidos, es verdad que, en gran parte del mundo contemporáneo, la religión como tal está muerta, pero todavía proyecta sus sombras en numerosos aspectos de nuestra vida privada y colectiva.

 

Por cierto, dejemos claro que el Dios cuya muerte anunció Nietzsche no es necesariamente el Dios en el que muchos de nosotros seguimos creyendo; yo me considero cristiano, pero estoy seguro de que el Dios que estaba muerto en Nietzsche no era el Dios de Jesús. Incluso creo que, precisamente gracias a Jesús, soy ateo.

 

El Dios que murió, como dice el propio Nietzsche en algún lugar de su obra cuando le llama "el Dios moral", es el primer principio de la metafísica clásica, la entidad suprema que se supone que es la causa del universo material y que requiere esa disciplina especial llamada teodicea, una serie de argumentos que tratan de justificar la existencia de ese Dios o esa Diosa frente a los males que vemos constantemente en el mundo.

 

La tesis que quiero presentar aquí es que las religiones están muertas, y merecen estar muertas, tal como Nietzsche habla de la muerte de Dios. No sólo están muertas las religiones morales, en el sentido más obvio de la palabra: desde dentro de la sociedad cristiana y católica de Europa, es fácil ver que son muy pocos los que observan los mandamientos de la moral cristiana oficial. Lo que está muerto, en un sentido más profundo, son las religiones "morales" como garantía del orden racional del mundo.

 

La institucionalización de las creencias, que dio origen a las Iglesias, incluyó (no sé si sólo en la práctica o como factor necesario) una reivindicación del poder histórico, en el sentido de que era casi natural y necesario que una religión moral se convirtiera en una institución temporal poderosa.

 

Es lo que parece haber ocurrido con el catolicismo, pero se pueden ver muchos otros fenómenos similares en la historia de otras religiones. Incluso el budismo engendró un Estado, el Tíbet de los lamas, que ahora lucha por sobrevivir frente a China. En todas partes -por ejemplo, en el hinduismo-, el mismo hecho de que exista una diferencia entre clérigos y legos hace que la religión se convierta en una institución, cuyo objetivo principal es siempre su propia supervivencia. Mencionaré de nuevo el ejemplo de la Iglesia católica: si no hubiera sobrevivido a lo largo de los tiempos, yo no habría podido recibir el Evangelio, la buena nueva de la salvación.

 

Una vez más: como en el caso de la muerte de Dios de Nietzsche, la muerte de las religiones institucionalizadas no significa que no tengan legitimidad. Sencillamente, llega un momento en el que ya no son necesarias. Y ese momento es nuestra época, porque, como puede verse en muchos aspectos de la vida actual, las religiones ya no contribuyen a una existencia humana pacífica ni representan ya un medio de salvación. La religión resulta un poderoso factor de conflicto en momentos de intercambio intenso entre mundos culturales diferentes.

 

Por lo menos, eso es lo que ocurre hoy: en Italia, por ejemplo, existe un problema con la construcción de mezquitas, porque la población musulmana ha aumentado de forma espectacular. La hegemonía tradicional de la Iglesia católica está en peligro, pero los católicos no se sienten amenazados en absoluto por esa situación; sólo los obispos y el Papa.

 

La Iglesia afirma que defiende su poder (y los aspectos económicos de él) para preservar su capacidad de predicar el Evangelio. Sí; pero, como en tantas instituciones, la razón suprema de su existencia se queda muchas veces olvidada a cambio de la mera continuidad del statu quo. Lo que quiero decir es que, en el mundo actual, sobre todo en el Occidente industrial, la religión como institución se ha convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Quiero subrayar que hablo de la muerte de las religiones en el mismo sentido en el que acepto el anuncio de Nietzsche sobre la muerte de Dios. La religión que está muerta es la religión-institución, que contribuyó enormemente al desarrollo de la civilización pero, al final, se convirtió en un obstáculo.

 

Hablar de la muerte de las religiones en un sentido relacionado con el anuncio de la muerte de Dios de Nietzsche no significa, desde luego, que la religión nunca haya tenido sentido para la humanidad. Ni siquiera se puede decir que la frase de Nietzsche significa que Dios no existe. Ésa sería de nuevo una afirmación metafísica, que Nietzsche no quería pronunciar, por su rechazo general a cualquier metafísica "descriptiva".

 

La lucha contra la supervivencia de las religiones de la que hablo tiene poco que ver con la negación racionalista de todo significado a los sentimientos religiosos. Incluso se toma muy en serio ese resurgimiento de la necesidad de una relación con la trascendencia que caracteriza numerosos aspectos de la cultura actual. Citaré de nuevo a Nietzsche, que dice que Dios está muerto y ahora queremos que existan muchos Dioses.

 

Mientras las religiones sigan queriendo ser instituciones temporales poderosas, son un obstáculo para la paz y para el desarrollo de una actitud genuinamente religiosa: pensemos en cuánta gente está abandonando la Iglesia católica por el escándalo que representan las pretensiones del Papa y los obispos de inmiscuirse en las leyes civiles en Italia. Los ámbitos de la ética familiar y la bioética son los más polémicos.

 

En Estados Unidos, el anuncio reciente del presidente Obama sobre su intención de eliminar las restricciones a la libertad de las mujeres para abortar ha suscitado una amplia oposición por parte de los obispos católicos. La oposición contra cualquier forma de libertad de elección en todo lo relacionado con la familia, la sexualidad y la bioética es continua e intensa, sobre todo, en países como Italia y España. Tengamos en cuenta que la Iglesia se opone a leyes que no obligan, sino que sólo permiten la decisión personal en estos asuntos. Deberíamos preguntarnos de qué lado está la civilización.

 

Hace poco, el Papa repitió su idea constante de que la verdad no es negociable. ¿Ese "fundamentalismo" es sólo característico del catolicismo, o de todo el cristianismo? Quienes hablan de civilizaciones tienen la responsabilidad de tener en cuenta esta condición concreta. No hay más que ver los frecuentes diálogos interreligiones que se celebran en cualquier parte del mundo, en los que los interlocutores suelen ser "dirigentes" de las distintas confesiones. No dialogan para cambiar nada; no es más que una forma de volver a confirmar su autoridad en sus respectivos grupos. ¿Acaso sale de estos frecuentes encuentros algo útil para la paz y la mutua comprensión de los pueblos? Mientras no se elimine el aspecto autoritario y de poder de las religiones, será imposible avanzar hacia el mutuo entendimiento entre las diversas culturas del mundo.

 

Esta conclusión puede parecer una gran paradoja, dado que, en general, se ha considerado que la religión era un medio de educar a la humanidad hacia la caridad, la piedad y la comprensión. En muchos sentidos, la compasión parece ser la base fundamental de toda experiencia religiosa. Y es cierto, ya sea desde el punto de vista del cristianismo, el budismo, el hinduismo, el islam o el judaísmo. Hasta aquí, nada que objetar. Pero precisamente por eso es por lo que debemos reconocer que ha llegado la hora de que las personas religiosas se alcen contra las religiones. Y que afirmen tajantemente que la era de la religión-institución se ha terminado y su supervivencia sólo se debe a los esfuerzos de las jerarquías religiosas para conservar su poder y sus privilegios.

 

El hecho de que esta tesis parezca inspirarse, en gran parte, en la experiencia cristiana (y católica) europea, no limita su validez para otras culturas. Seguramente, el veneno del universalismo se extendió por el mundo gracias a los conquistadores europeos, que son responsables de la estricta asociación entre conversión (al cristianismo; recuérdese el compelle intrare de San Agustín) e imperialismo. Ahora es el mundo latino el que debe romper esa asociación y separar la salvación de cualquier pretensión de creencia y disciplina universal como condición para alcanzarla. No es una tarea fácil.

jueves 27 de agosto de 2009

Un poco de humor

La siguiente pregunta fue hecha en un examen trimestral de química en la Universidad Complutense de Madrid. La respuesta de uno de los estudiantes fue tan 'profunda' que el profesor quiso compartirla con sus colegas, vía Internet; razón por la cual podemos todos disfrutar de ella.

 

Pregunta: ¿Es el Infierno exotérmico (desprende calor) o endotérmico (lo absorbe)?

 

La mayoría de estudiantes escribieron sus comentarios sobre la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime). Sin embargo, un estudiante escribió lo siguiente:

 

'En primer lugar, necesitamos saber en qué medida la masa total del Infierno varía con el tiempo. Para ello hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el Infierno y a qué ritmo salen. Tengo sin embargo entendido que, una vez dentro del Infierno, las almas ya no salen de él. Por lo tanto, no se producen salidas. En cuanto a cuántas almas entran, veamos lo que dicen las diferentes religiones: la mayoría de ellas declaran que si no perteneces a ellas, irás al Infierno. Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van al Infierno. Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el Infierno crece de forma exponencial

 

Veamos ahora cómo varía el volumen del Infierno: según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del Infierno se mantengan estables, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas. Hay dos posibilidades:

1. Si el Infierno se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste se desintegre.

2. Si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el Infierno se congele.

 

¿Qué posibilidad es la verdadera? Si aceptamos lo que me dijo Ana en mi primer año de carrera ('hará frío en el Infierno antes de que me acueste contigo'), y teniendo en cuenta que me acosté con ella ayer noche, la posibilidad número 2 es la verdadera y por tanto daremos como cierto que el Infierno es exotérmico y que ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el Infierno ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido dejando al Cielo como única prueba de la existencia de un ser divino, lo que explica por qué, anoche, Ana no paraba de gritar '¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios ! ¡Oh, Dios!'

 

Dicho estudiante fue el único que sacó sobresaliente.

 

Saludos, que tengan un Buen Día

martes 11 de agosto de 2009

EL CONSEJO DE RECTORES Y LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS

Fuente Diario Digital El Mostrador.

Por Guillermo Tejeda

 

La pugna que, dentro de los buenos modales académicos, mantienen actualmente las universidades estatales con las católicas en el seno del Consejo de Rectores bien merece una reflexión.

 

Primero es preciso aclarar que esta entidad, el Consejo de Rectores, agrupa a las universidades llamadas "tradicionales". Esta denominación o catalogación, inoperante a todos los efectos, es de carácter residual y apunta a cómo alguna vez fue el sistema universitario chileno, desde los años cincuenta hasta 1973.

 

La dictadura dejó severamente cambiado el modelo universitario chileno, por la vía de tres políticas: uno, desmembrar a la Universidad de Chile y a la Universidad Técnica del Estado, dificultando el financiamiento a las universidades estatales o públicas, como se las quiera llamar; dos, facilitar el establecimiento de las universidades privadas entendiendo por tales a una variopinta gama de establecimientos muchos de los cuales de universidad tienen sólo el nombre; tres, dejar a las universidades católicas en un limbo dorado en que -¡oh milagro!- no son ni privadas ni públicas aunque al mismo tiempo y según el caso pueden ser ambas cosas, por lo que cuentan con facilidades o franquicias duplicadas para allegar recursos tanto del Estado como del mercado.

 

Estas políticas malsanas no se han cambiado en democracia, y han sido validadas por los estudios y teorías del profesor José Joaquín Brunner y sus colaboradores, provenientes de la Universidad Católica. Sin embargo si ponemos el modelo chileno de universidades en comparación con el de los países desarrollados, sean del mundo anglosajón o de la Europa continental, nos encontramos con numerosas anomalías.

 

El sistema chileno es uno de los más privatizados del mundo, probablemente el segundo o tercero más abandonado por el Estado. Es clasista, de baja calidad y está lejos de garantizar igualdad de oportunidades. La libertad de cátedra, el pluralismo y la equidad sencillamente no operan en muchas de las instituciones universitarias locales. Nuestras universidades públicas, entretanto, deben funcionar en condiciones adversas, con enormes trabas burocráticas, malas prácticas enquistadas, y un financiamiento estatal que es entre un tercio y un quinto de lo que reciben en los países desarrollados.

 

El Consejo de Rectores se dedica hoy buenamente, pues, a administrar los retazos de un sistema confuso, hecho de parches, y sin futuro alguno. Las universidades que pertenecen a este organismo tienen acceso al Aporte Fiscal Directo (AFD), un fondo relativamente modesto que se distribuye según reglas arbitrarias, denominadas históricas. Es así como las universidades públicas obtienen aproximadamente un 15% de lo que necesitan, que es a todas luces insuficiente, cayéndole más o menos lo mismo a las universidades pontificias, que son corporaciones privadas cuyos cancilleres y rectores se nombran desde El Vaticano.

 

Lo que hace falta es claridad y llamar las cosas por su nombre. En el caso de las universidades públicas, es preciso que Chile decida si quiere o no tener, como en los países desarrollados, planteles públicos bien organizados y correctamente financiados, a los cuales se les exige transparencia, pluralismo, complejidad, sensibilidad social, equidad, y calidad; espacios abiertos, gobernables, sin tutelas, sin endogamia, que no sean reductos de grupos o trenzas de ningún tipo, donde el conocimiento pueda generarse, conservarse y transmitirse. Si es así, es preciso ir hacia lo que algunos rectores llaman "Nuevo Trato", que es un poco el modelo europeo: el Estado sostiene y al mismo tiempo exige. De otra manera más vale cerrar o ir derechamente a la privatización en vez de seguir con tanta hipocresía. Y decirle a los estudiantes universitarios que si quieren estudiar busquen en el mercado.

 

En cuanto a las universidades católicas, el poder público debe tomar en cuenta que se trata de planteles cuya misión se define por consideraciones religiosas, por cierto respetables, pero que no bastan para merecer recursos estatales. Y que a menudo este tipo de universidades, por sus conexiones con la clase social más acomodada, genera desigualdades más que igualdad de oportunidades. El Estado puede aportarles fondos pero ellos debieran condicionarse a criterios no sólo de calidad, sino también de pluralismo, carrera académica, libertad de cátedra, equidad, no discriminación, derechos plenos de las personas, servicio en tareas de interés público, etc.

 

Una política seria y consistente de educación superior debe ante todo priorizar ciertos valores o metas de conjunto. Y seguidamente, ser capaz de distinguir entre los diversos tipos de universidades. Porque no da lo mismo que una universidad sea pluralista o no lo sea, que discrimine a sus estudiantes o académicos por sus convicciones u origen o que no los discrimine; que cumpla o no con estándares internacionales de calidad; que sea un negocio familiar o inmobiliario, una corporación o una institución estatal; que ponga a la fe religiosa por encima de la ciencia o viceversa. En cada caso es preciso aplicar políticas diferenciadas, estímulos apropiados y sanciones específicas.

 

El Consejo de Rectores, pues, aunque sea una entidad que hace su trabajo con seriedad, no responde ni a lo que estamos viviendo ni a las necesidades del futuro. Y lo más grave es que esas necesidades, tan sentidas por los chilenos, no se han convertido aún en una política de país.

 

Las universidades son para los políticos un área espesa, políticamente poco rentable, donde se alega mucho y se avanza poco. Aparte de ello, abundan los intereses sumergidos, y la sinceridad ha sido reemplazada por silencios o eufemismos. Quizá por eso es que en el tema universitario no hemos tomado las decisiones adecuadas.

jueves 30 de julio de 2009

IMBECIL

JR, comentando sobre su reciente caída, dijo que "desafortunadamente" uno de sus amigos imaginarios, no impidió que resbalara y se rompiera una muñeca, "seguro que por orden superior, ya que tal vez el Señor (otro de sus amigos imaginarios) quería enseñarme más paciencia y más humildad para darme más tiempo al rezo y a la meditación".